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Según Luis
Eslava Iparraguirre
En
1824, el párroco de Cajabamba, don José Perea y coadjutores de la parroquia; don
José Carbajal y don Nicolás Vereau, vinculados con el parentesco de varias
familias cajabambinas y ayudados por el general José de la Mar, lograron
desagraviar al Libertador, que desde su llegada a Cajabamba, estaba incómodo
entre "godos " y "realistas", convenciéndolo por fin de la adhesión de Cajabamba
a la causa emancipadora, por los 12 mil pesos reunidos, motivo por el cual
Bolívar decide permanecer un tiempo en "Gloriabamba", por la excelencia de su
clima que tan bien le asentaba a su organismo, pues se encontraba terriblemente
afectado de tuberculosis.
Bolívar estuvo en Cajabamba los meses de Mayo y Junio,
épocas de la "saca de papas" y las "trillas" de trigo, que traducen el colorido
folklórico de Cajabamba.
En estos días, hubo fiestas, saraos y comidas en honor al
Libertador; en la Pampa Grande, lugar a kilómetro y medio de Cajabamba, se
estaba organizando una "saca de papas" , y el deseo de sus anfitriones era hacer
participar a Simón Bolívar como invitado de honor.
En esa actividad estaba la flor y nata de las familias
cajabambinas, resaltando entre las damas por su lozanía juvenil y deslumbrante
belleza, doña Josefa Ramírez, a quien cariñosamente la llamaban Chepita y cuyo
padre no obstante el notorio hispanismo de Cajabamba realista, era decidido
partidario de la causa independista, al haber estado en comunicación secreta con
Bolívar.
Las damas hacían derroche de galanura, distinción y lujo
desbordante, ataviadas con amplias faldas armadas de crinolinas y categorías que
llevaban el nombre de "sayas culecas", altas peinetas con tembleques o
gusanillos de oro y perlas, las manos adornadas de joyas diamantinas,
esmeraldas, zafiros, los riquísimos mantones de manila, las finísimas medias,
los bordados de Holanda y los zapatos de rostro bajo, hechos de raso de seda con
hebilla de oro, cubrían los delicados pies. Un boato colonial, rumboso y muy
hispano que en Cajabamba de antaño fue proverbial.
Bolívar se encontraba con el general José de la mar y su
Estado Mayor, todos con gran uniforme y mientras en la chacra los peones hacían
centellear sus lampillas, hurgando el surco terroso y pródigo de tubérculos, los
olores de fritangas de gran cantidad de cuyes y gallinas, patos, carneros
infestaban el ambiente ala par que la bien preparada chicha de jora cajabambina
circulaba en vajillas de plata repujada; irrumpiendo los sones de las
arrebatadoras "zamacuecas" que suelen enredarse en los tobillos y obligan a
matar el gusano que se agitan sobre los pies. El Libertador no pudo contenerse e
invitó a bailar a la simpatiquísima Chepita Ramírez a bailar, el criollo
anfitrión como tradicional es en Cajabamba, con personajes de consideración,
pidió con voz multánime: solos... solos... y así fue.
El Libertador para actuar libremente se despojó de la
histórica y victoriosa espada de caracas, que llevaba ceñida y la colgó en la
rama de una planta de capulí y que cuyo tronco añoso y más que centenario se vé
aún, en un solar del Norte del campo de aterrizaje; casa quinta que a fines del
siglo XIX perteneció al señor David Figueroa, luego al señor José Espinoza y por
fin a los señores Alcalde, cuyos herederos hasta ahora lo poseen.
En el baile comentado, sucede que a doña Chepita se le
zafó el diminuto zapato raso, a trueque de lastimarse los delicados pies, siguió
bailando, en afán de domar al indomable. El Libertador ante quien temblaba
España y se prosternó la América toda, paró en seco, hincó rodilla en tierra y
la calzó por su propia mano, abrochando la hebilla dorada.
Es la réplica fiel del Príncipe legendario, calzando los
pies de porcelana de la bella Cenicienta.
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Según
Genaro Ledesma Izquieta
Cuando Bolívar se entera que lo único y poco de caballería
que quedaba en el Perú se hallaba en Cajamarca, este desembarca en Salaverry y
toma el camino de herradura hacia Cajamarca, teniendo que pasar por Cajabamba,
encantándole su paisaje y la maravilla de su clima, el aire v tibio de su clima,
que le permitía respirar fácilmente, pues se hallaba infectado de tuberculosis.
De lo que iba a estar sólo de paso se queda varios días,.
Una vez que pasó revista al batallón de caballería en la
Pampa Grande, Bolívar es invitado a la casa aledaña, donde se realizaba una saca
de papas, acto programado en honor a Bolívar para sellar con broche de oro tal
acontecimiento. La banda de músicos va detrás de los invitados y se ubica en
lugar propicio del patio. En dicho acontecimiento estaban las figuras
principales de la sociedad cajabambina, destacándose la descollante presencia de
Josefa Ramírez, admirada venústicamente como Chepita, vestida con el ajuar de
una manola, cabello enrollado y sujetada a la cabeza por una peineta alta
engastada en plata que le permitía lucir por los cuatro costados su rostro
columbino y ojos grandes y vivaces, reveladores de una gran inteligencia y gran
personalidad.
De lo que ocurrió allí nada está dicho, pues en función
del resultado hay mucho para la fabulación... Bolívar al ingresar a la casa, hay
un gran diluvio de flores, que de no ser por sus guardias, todas las jovencitas
emocionadas se le hubieran prendido del cuello. Bolívar inspiraba emociones
fuertes en las huestes femeninas. Bolívar desabrocha su casaca azul de laureles
dorados y reposa en un tronco de capulí su espada, el árbol se encontraba en el
centro del patio, convirtiéndose desde entonces en el árbol emblemático de la
libertad.
Comienza a circular las papas recién extraídas de los
surcos de enfrente, así como el molido rocoto con berenjena, más las hierbas
aromáticas como el peyco y el huacatay. Entre papas y rocoto van colocando
muchos platos de cecinas y chicharrones, también la espirituosa chicha de jora,
el hidromiel de los cajabambinos. El invitados con su corte comen cual
agricultores felices. los paladares gritan degustando como los pajaritos en los
racimos de capulí, la dulzura del picante lo apagan con el contenido de las
jarras que se llenan milagrosamente.
Bolívar pela con cuchillo la primera papa del mate y se la
ofrenda en la boquita a la dulzura de Chepita, quien se ha quitado la estola por
el calor; sus brazos y hombros son una perfecta obra de escultura... Luego viene
el sazonado cabrito con yucas del valle de Condebamba. Para vencer los
berrinches del cabrito, debería entrar a tallar el vino español, pero Bolívar
decide brindar con chicha de jora, que su efecto y sabor sabe mejor que la
lágrima de los viñedos.
Se levanta Chepita con un ramo de flores y se la ofrece al Libertador...Los
oficiales encendidos por la pócima, reclaman al unísono:
¡Baile!... ¡Baile!... un joropo venezolano
El joropo se danza en pareja. La banda de músicos de
Araqueda empieza a tocar los sones, Bolívar se pone de pié y saca al centro del
patio terroso a la glamorosa Chepita.
En el furor del zapateo, ¡oh, desgracia!, se le zafa uno
de sus zapatos a la ya ganada Chepita y ella para no paralizar la danza, se saca
el otro calzín y prosigue con más brío, retando a que el Libertador la persiga.
Percibiendo Bolívar que su dama bailaba con los pies descalzos, que le aumentaba
la sensación erótica, creyó que así era el baile y que siendo una derivación del
joropo y del resto de músicas conocidas, lo venía a aprender en "Gloriabamba";
institucionalizándose desde esta tarde como el baile nacional de la libertad.
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